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Agustinos
de la Asunción




Una llamada que cabia todo

Dar la vuelta al mundo en solitario. Pasar unos meses en los hielos del Polo Norte o del Sur. Alcanzar por fin una victoria, tras años de entrenamiento. Tales éxitos son bastante frecuentes. Hay hombres y mujeres que triunfan ante dificultades casi insuperables.

Hay una pasión que los mueve y relativiza todo lo demás. Son capaces de enfrentar las mayores dificultades, sin miedo al peligro real que los acosa. Se atreven a lanzarse a lo desconocido. Incluso los considerarán bastante locos. ¡Pero qué alegría realizar el sueño de sus vidas! ¡Por fin se es uno mismo! Sin pesar en lo que se abandona al soltar la amarras, al lanzarse a esta loca aventura. Es un llamado irresistible.

Te vas a reír si te digo que con los «curas y las monjas», como se los suele llamar, pasa lo mismo. Hay desde el principio un amor apasionado que los lanza a una gran aventura en absoluto programada. No son tímidos, sino aventureros de Dios.

Lo que prima hoy en todas partes es el dinero, el sexo, la libertad total y sin límites. Pero hoy en día, como en los siglos pasados, hay hombres y mujeres remando a contra corriente. Eligen vivir juntos, compartiendo los bienes, en la castidad del celibato, y en la obediencia que encuadra su vida. Cosa de locos, ¿no?

Quizá los imaginas replegados sobre sí mismos, aburridos, al margen de la vida. ¡Déjate sorprender! Ve a visitar un monasterio o una comunidad. Descubrirás hermanos y hermanas (así se llaman) alegres, comunicativos, emprendedores, llenos de vida, habitados por una presencia, a pesar de la edad. Quizá no todos, pero la excepción confirma la regla.

«Encontré mujeres enamoradas de Dios», escribía una periodista en una amplia encuesta sobre los monasterios femeninos. Sí, cada una te contará su vida y es una historia de amor apasionado que se inscribe en la realidad cotidiana. Es la admiración por Jesús que las lleva a elegir y preferir la misma vida que Él llevó. Es una llamada profunda que se vuelve irresistible cuanto más tiempo pasa. Jesucristo se convierte en la perla preciosa que eclipsa todo lo demás. El amor responde al amor por la entrega total de todo el ser en la alegría y la paz.

Desde el inicio del Evangelio, así pasa con Jesús. Recuerden la llamada de los primeros discípulos: Jesús que los invita a seguirle, y dejan todo poniéndose a sus pasos. Y lo mismo San Pablo: queda de repente totalmente transformado por Jesús. Y así por los siglos de los siglos. Siempre la misma historia en tiempos y países diferentes; Jesús seduce de tal modo que se abandona todo, sin mirar hacia atrás: «Tú me has seducido, Señor, y yo me dejé seducir por Ti», dirá el profeta Jeremías (Jr 20, 7).

¿Has visitado ya algún monasterio? La vida de los monjes habla por sí misma. La elección primordial es Dios, el único Absoluto, eso salta a los ojos. Resalta menos entre los sacerdotes y religiosas que viven envueltos en el sufrimiento humano de afuera. Por cierto que es menos aparente. Pero si se escarba en profundidad, encontrarán el mismo apego a Jesucristo, la misma pasión por el Evangelio. El servicio desinteresado de todos ellos es ya un magnífico testimonio. Es cuestión de vocación, de formas de llamada. El Espíritu Santo termina siempre mostrando a cada uno su lugar.

Vocación religiosa

La vida monástica existía ya antes de la predicación del Evangelio, y no es propia del cristianismo. La actualidad reciente ha llamado la atención sobre los monjes budistas de Birmania y su número impresionante, ¡más de 100.000 monjes! La vida religiosa existe también, bajo diversas formas, en el hinduismo, en el islam, y en muchas otras religiones. ¿A qué nos referimos hablando de vida religiosa? Ante todo, a un hombre o a una mujer que decide abandonarlo todo para responder a una llamada. El hombre que acepta «abandonar el mundo» quiere demostrar con su vida que hay otros valores en la tierra superiores a los que son directamente visibles, como las riquezas, la fecundidad, el éxito intelectual, etc.

El cristianismo pues no ha inventado la vida religiosa, se ha contentado con aplicar el mensaje de Jesucristo a esta contestación de los «valores del mundo». Cronológicamente, la vida religiosa aparece en el cristianismo, en el momento en que cesan las persecuciones y la Iglesia empieza a funcionar a su ritmo. Surge la vida religiosa ante el peligro de aburguesamiento y pérdida de gusto en la Iglesia ante la radicalidad del llamado evangélico. Algunos historiadores  concluyen diciendo que la vida religiosa tomó el puesto del martirio como testimonio del primado de Dios en un mundo que se aleja de Él y que vive una relación de conformismo. La vida religiosa es un llamado a la conversión.

Los votos de pobreza, castidad, y obediencia le permiten al religioso situarse libremente en un mundo que se olvida de Dios, o que lo oculta con una oleada de preocupaciones materiales. El voto de pobreza recuerda que se puede vivir confiadamente bajo la mirada de Dios que da el pan de cada día. Ser obediente es dar testimonio de que se encuentra la libertad escuchando ùla Palabra de Dios, y con el ejemplo de Cristo. La castidad es una invitación a mirar el mundo, los hombres y las mujeres, así como el conjunto de la creación, sin pretensión alguna de poseerlo todo para uno mismo.

El genio del Cristianismo ha sido que, partiendo de una vocación  que es «dejarlo todo para seguir a Cristo», multiplicar las formas y los estilos de vida religiosa: ermitaños solitarios, monjes en comunidad, religiosos activos en numerosos dominios. Desde muy pronto asumieron los monjes las ocupaciones de acogida y cuidados de los más necesitados. Por ejemplo, San Basilio (siglo IV) había fundado ya  un convento que acogía a los enfermos. San Agustín (354-430), que tuvo que ser sacerdote y obispo sin desearlo,  conservó su vocación de monje durante toda la vida, viviendo en comunidad con los hermanos.

La diversificación de la vida religiosa se amplificó a partir de la Edad Media. El monje, en el Cristianismo, se compromete a la estabilidad, no deja el lugar donde se comprometió a vivir, donde fue llamado a convertirse. Pero el mundo cambiaba rápido, hacía falta responder a las nuevas necesidades para así dar testimonio de Dios. La Hermanas Hospitalarias crearon los «Hôtels-Dieu» (casas de misericordia) para cuidar a los enfermos; los monjes abrieron escuelas para enseñar. Algunas órdenes se especializaron en la acogida de peregrinos, en la redención de cautivos en tierras del Islam, en el cuidado de los enfermos mentales, etc. Más tarde, surgieron las congregaciones misioneras, que mandaron a los mensajeros de la Buena Nueva hasta los últimos confines de la tierra. La vida religiosa pone en aplicación el Evangelio de Mateo 25: «Tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; fui extranjero y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis; en la cárcel, y vinisteis a verme». Lo que se hace a los más pequeños y necesitados se lo hacemos a Cristo.

Mirando la vida religiosa, hacemos una constatación: no es necesario ser sacerdote para ser religioso; además la mayoría del personal religioso en la Iglesia Católica es femenino. ¿Por qué pues tal distinción? El seguimiento de Cristo no es un ministerio, es decir una función para animar a una comunidad de creyentes y responder a las necesidades de los fieles; es un puro testimonio de gratuidad para todos los hombre, creyentes o no. ¡Ser religiosos es pertenecer sólo a Dios!