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Agustinos
de la Asunción




Editorial AA Info Octubre 2018 - N° 06

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2018-11-13 - Roma

La consternación afecta a todos los fieles de la Iglesia mientras no cesan de llegar las revelaciones sobre abusos sexuales cometidos por parte de sacerdotes y religiosos. Estamos profundamente heridos por estos odiosos ataques a la integridad de las personas y a su dignidad. ¿Cuántas de ellas no lograrán recuperarse nunca más? ¿Cuántas de ellas y de su entorno no recobrarán nunca la confianza en la institución? ¿Cuántas han perdido la fe? El escándalo está ahí y sin duda todos estamos afectados por él, no podemos permanecer indiferentes. Es desgraciadamente cierto que está en marcha una crisis profunda y duradera que va a prolongarse, como una ola de choque, y que continuará causando estragos en el Pueblo de Dios.

La Asunción ha establecido desde hace mucho tiempo un procedimiento para sensibilizar a los religiosos sobre la cuestión de los abusos sexuales. Se ha hecho llegar un folleto a todos los Asuncionistas y todos deben firmar un compromiso formal. Pero, ¿se ha logrado realmente una sensibilización concreta? ¿Se informa honestamente a los novicios sobre este tema? ¿Se ha ofrecido una verdadera educación para la castidad? En comunidad, ¿estamos lo suficientemente vigilantes para contribuir a una cultura sana basada en el respeto a los demás y en la defensa de los más débiles?

Es probable que el clericalismo que aún sigue dañando aquí y allá haya favorecido el desarrollo de un sentimiento de impunidad. El abuso sexual siempre comienza con un abuso de poder cuando se trata de menores, personas frágiles, dependientes y sin consentimiento. Nuestro silencio frente a estas desviaciones es también una complicidad flagrante.

La Iglesia que amo está manchada, dañada, herida. Para un Asuncionista, el sufrimiento es tanto más fuerte cuanto que el amor a la Iglesia está en el corazón de nuestro carisma alzoniano. Nuestra Madre está desfigurada. El sufrimiento alcanza su paroxismo porque la Iglesia se ve afectada a causa de algunos de sus hijos. Sacerdotes y religiosos están en el centro de la confusión. En vez de proclamar el Evangelio, han abierto las puertas del infierno.

Y a pesar de todo, debemos seguir amando a la Iglesia. Esto pasa por un examen exhaustivo de nuestras diversas actitudes en el mundo, pero también por nuestra capacidad para examinar nuestra relación con el cuerpo y la sexualidad. No se trata de practicar una pedagogía del miedo, de la sospecha o incluso de la denuncia, sino de desplegar una sana vigilancia. La sexualidad es un don de Dios y por lo tanto debe ser orientada hacia el Reino, es decir, debe ser vivida en un amor que hace crecer y libera a la persona. Nuestro voto de castidad es un recordatorio de la primacía del Reino.

Hace algunos años, durante una visita canónica a una Provincia, recordé la actitud preconizada por el papa Benedicto XVI. Se resumía en dos palabras: «Tolerancia cero». Recuerdo que uno u otro se reía ante esa expresión... ¡Ya no podemos reírnos en absoluto de todo eso!

Amar a la Iglesia pasa por actitudes concretas que deben adoptarse inmediatamente. La prudencia en nuestras relaciones. ¿Con quién salimos? ¿A quién informamos de nuestras idas y venidas? La prudencia en el consumo de alcohol. ¿Sabéis que la mayoría de las violaciones se cometen bajo los efectos del alcohol o de las drogas? Más aún, debemos recobrar nuestro primer amor. Leamos de nuevo el libro del profeta Oseas y escuchemos lo que dice el Señor: «Te desposaré conmigo para siempre, te desposaré conmigo por la justicia y el derecho, el amor y la ternura, te desposaré conmigo por la fidelidad y conocerás al Señor.» (Os 2,21-22). Esta es la clave para la castidad feliz. Recobrando nuestro primer amor —Dios mismo— vivimos en justicia, derecho, amor y ternura y conocemos a Dios.

Amar a la Iglesia es nuestro deber, no para defender una institución que tiene sus defectos y pecados, sino porque es ella la que nos hace descubrir a Dios en los avatares de la historia del mundo.