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Agustinos
de la Asunción




Signos de Dios N° 16 - La humildad, una virtud difícil de conquistar

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2016-02-07 - Roma

Palabra del Postulador

Los santos no nacen santos. La santidad es, por supuesto y en primer lugar, una gracia de Dios, pero que requiere al mismo tiempo una respuesta generosa del cristiano que busca el ideal de la santidad. Para el Padre d’Alzon la meta última de su vida ciertamente fue siempre la santidad, y para lograrla luchó con heroísmo contra todos los obstáculos que se le oponían. Uno de ellos, él mismo lo confiesa tanta veces, era el orgullo. Estaba inscrito en su temperamento “burlón, irritable, soberbio y despreciativo”. Esto le hacía sufrir. La humildad será, pues, para él una de las virtudes que más se aplicará en conquistar. Y la propone como meta indispensable a sus religiosos y a sus dirigidos y dirigidas: “La virtud más indispensable de todas es, ciertamente, la humildad”.

La verdadera humildad nace de la fe. Porque ella nos confronta con Dios: Dios lo es todo, yo no soy nada en relación a él. La humildad “surge de la comparación que hacemos entre lo que somos nosotros y lo que es Dios”. La humildad nos lleva también a entrar en lo más profundo de nosotros mismos y a reconocernos en nuestras miserias y debilidades. Finalmente, la humildad nos permite relacionarnos con los demás en el respeto, el servicio, la obediencia, el amor.  

P. Julio Navarro Román, a.a

Signos de Dios - 16