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Agustinos
de la Asunción




Signos de Dios n° 19 - ¡Cómo trataba el Padre d’Alzon a los pobres de Jesucristo!

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2016-07-13 - Rome

Había en el colegio de la Asunción una Conferencia de San Vicente de Paúl. Los alumnos iban a visitar a los pobres a domicilio. Paul de Pèlerin estaba encargado con uno de sus camaradas de aquella parte de la ciudad de Nimes, poblada de tejedores, situada entre el camino de Uzès y el de Aviñón. Allí vivía con su hija un anciano paralítico. Habitaban detrás de una casa destartalada, al final de un patio lleno de barreduras y estiércol, en una especie de cueva sucia, húmeda, sin aire, una auténtica pocilga...

Se decidió buscar en algún sitio un alojamiento más apropiado cuyo alquiler sería abonado por la Conferencia y transportar allí al enfermo. Finalmente se encontró una habitación en un segundo piso, cerca del colegio de la Asunción. Pero, ¿cómo trasladar a un hombre paralítico de todos su miembros? Se decidió alquilar un carretón y transportar en él al anciano, cubierto con una manta. Imposible pensar en un coche; los cocheros se negaban a hacer el servicio en cuanto se enteraban de qué se trataba. El Padre d’Alzon oyó hablar del proyecto de sus alumnos.

¡Cómo!, dijo, ¿un carretón? Ni hablar. Hay que tratar a los pobres con mucho más respeto. ¿Acaso no son los amigos de Jesucristo? Dejadme a mí, tengo una idea que resolverá el asunto. Sin perder un minuto, fue a casa de la señora condesa de B... para pedirle que le prestara su silla de manos, de la que por otra parte nunca se servía. Le explicó lo que quería hacer y su petición fue atendida con la mejor gracia. Fue de ver entonces al pobre paralítico, en un estado repelente, sentado en un asiento de terciopelo verde, en un carruaje dorado, tras cristales biselados.

El Padre d’Alzon nos dice Tú estás sin cesar cerca de mí, ¡Dios mío! Cerca de mí, cerca de mis recreos, de mis comidas, de mis estudios, de mi sueño para protegerlo,  y cuando deseo hablar más particularmente a tu infinita misericordia, te encuentro siempre en el lugar de la cita. (Escritos Espirituales, p. 627)