AA-Noticias N.°12 – Abril 2026

«¡Qué admirable es este ministerio!

EDITORIAL del P. Ngoa Ya Tshihemba
Superior General de los Agustinos de la Asunción

En la primera de siete meditaciones adicionales, el P. d’Alzon habla del ministerio de la palabra: «¡Qué admirable es este ministerio tal y como Nuestro Señor lo comunicó a sus apóstoles por la acción todopoderosa del Espíritu Santo!»

¿Por qué volver sobre este ministerio en este editorial? Estoy de visita canónica desde el 2 de marzo. Comencé en España, donde tenemos tres comunidades, todas a cargo de parroquias (a veces dos por una sola comunidad). Después de España, visité la comunidad de Montpellier, también a cargo de tres iglesias que forman una parroquia, y hoy me encuentro en Nimes, donde he celebrado la Eucaristía en la iglesia de Santa Perpetua y Santa Felicidad, confiada a los Asuncionistas.

Nuestros hermanos que prestan servicio en estas diferentes parroquias tuvieron la amabilidad de convocar a las personas que colaboran directamente con ellos para compartir un momento conmigo. Fue durante las conversaciones con estas personas cuando me di cuenta de hasta qué punto nuestros hermanos ejercen un admirable ministerio de la palabra y la escucha en una sociedad que tanto lo necesita.

Al hablar del acompañamiento del pueblo de Dios, el 34.º Capítulo General había dado unas orientaciones bastante claras: «Nuestras sociedades están cada vez más fragmentadas; en ellas se intensifican las divisiones, el repliegue nacionalista y los conflictos. Lamentablemente, la Iglesia no escapa a esta realidad. Por eso, allí donde estamos, deseamos redoblar nuestros esfuerzos en favor de la unidad, la caridad y la verdad, tanto entre los pueblos como en el seno de la Iglesia y entre las Iglesias» (Actas del 34.º Capítulo General, n.º 131). El mismo Capítulo General nos invitaba a desarrollar el espíritu sinodal en el acompañamiento del pueblo de Dios: «Velaremos por acentuar una estrecha colaboración con los laicos en todos los lugares donde estamos en misión, con el fin de favorecer la sinodalidad en la animación y el gobierno de nuestras parroquias (…). Juntos, trabajamos por el bien de la comunidad. » (Actas del 34.º Capítulo General, n.º 134).

El amor a la Iglesia debería ser, según el P. d’Alzon, uno de los primeros rasgos distintivos cuando este admirable ministerio se confía a los asuncionistas. «Nada es tan hermoso como dedicarse a la causa de Dios, de Jesucristo y de la Iglesia» (E.S., pp. 616-617). Aunque es cierto que no debemos caer en una especie de paranoia al ver enemigos de la Iglesia por todas partes a nuestro alrededor, también es cierto que no debemos ser ingenuos. Amar a la Iglesia es también tomar posición para defenderla. Si esto puede hacerse a través de la vida, mejor aún: una vida centrada en Cristo y cuya caridad sea la Regla de Oro.

El ministerio de la palabra se vuelve cada vez más exigente. Razón por la cual el P. d’Alzon insiste en una preparación adecuada: «Lanzarse a la refriega sin las armas necesarias sería una imprudencia suprema. Por lo tanto, hay que prepararse. Hay que luchar valientemente, pero con cierta ciencia, y como esta ciencia no nos es dada directamente como a los apóstoles, hay que adquirirla mediante el estudio, y ahí está la santificación por el trabajo, tan necesaria para quienes quieren consagrarse a la lucha de Dios» (E.S., p. 617).

Cuando se trata de emprender acciones para acompañar al pueblo de Dios, hay que estar preparado para cualquier eventualidad: tanto para el éxito como para el fracaso. Vivimos en una época en la que el fracaso se tolera con dificultad, sobre todo porque una nueva generación de hermanos está al servicio de comunidades que antes estaban acostumbradas a una determinada forma de actuar. Se necesita tiempo, paciencia y valor para que los cambios sean comprendidos y aceptados. En un intercambio con hermanos que se sentían en esta situación, les animé precisamente a redoblar su confianza. El P. d’Alzon dice que, cuando el desánimo se apodera de nosotros, es el momento, por el contrario, de redoblar la confianza. Habla de «la hora solemne de la esperanza». Porque en ese momento aprendemos a confiar en los demás y en el maestro de obra: el Señor.  ¿No es ese el sentido de estas palabras de Pablo a los Corintios: «Porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 9)?

El ministerio de la palabra y del acompañamiento del pueblo de Dios, es decir, la evangelización, es admirable, pero cada vez más exigente. Requiere esa virtud que nuestro Fundador describía como indispensable para todo asuncionista: la humildad.

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